Por: Araucaria de La Montaña

Lo ha visto todo, pero ¿por qué la vida no le dejó algo escondido? Tiene una tendencia curiosa: cuando quiere hablar y decir cosas, se detiene, se lo piensa, y vuelve a tragarse las palabras. Más de una vez la he visto hacer ese gesto, quizás porque teme que, si habla, se le escapen innumerables secretos o, más bien, las claves que le han ayudado a sobrellevar la vida. La única forma de sacarle esos secretos es con cerveza. Le gusta compartir, le gusta estar en combo, le encanta el bochinche. En conclusión, su alma todavía es alegre.

Cuando le cuenta secretos a una, primero hay que sentarse muy cerca de ella, porque las palabras le salen en letra cursiva. Segundo, aprendió a hablar bajito, y cada vez que suelta una frase, se lleva el dedo a la boca y susurra: «chito, chito», mientras mira alrededor, buscando a quién nos está viendo. Ese es un gesto de la guerra. Ha guardado tanto que los recuerdos se le salen por los poros, porque necesita contar lo que ha tocado. Todo el mundo nos mira. No me da miedo. Lo que temo es cuando ella se emberraca y empieza a liberar manotadas de ademanes para explicar, con más claridad, lo mierda que ha sido el mundo con ella. Se indigna desde la silla y pide un trago más, para pasar semejante recuerdo. Pienso que esas imágenes deben ser de una dimensión gigantesca, porque en sus ojos se ve la inmensidad de la tristeza.

Su dolor más grande es un recuerdo: el día que volvió a su casa luego de un extenuante viaje, su hija no la reconoció. Ya no le decía «mami». Ahora le decía así a su hermana, quien la había cuidado en su ausencia. La niña no lo entendía, pero ese día a Claudia se le rompió el alma y comprendió el sacrificio de ser docente.

De vez en cuando, Claudia se abría. Estaba herida. A donde iba, le tocaba tragar mierda. Estuvo trabajando como profesora en Plato, Magdalena, luego en Tibú, La Gabarra… pero no sintió verdadero miedo hasta que los paramilitares llegaron a Pacelli. Eso la dejó muda. La llegada de esos hombres fue abrupta, violenta y sangrienta.

Estaba tomando cervezas con algunos compañeros de trabajo frente a su casa cuando, en el momento en que llevaba el vaso a los labios, la cabeza de un hombre cayó a sus pies. Lo habían asesinado sin mediar palabra. Horrorizada, vio cómo unas botas ocupaban la calle de manera masiva. Sin poder correr, paralizada por el miedo, se quedó petrificada ante la escena de horror que presenciaba.

Cuando volvió a la realidad, vio a mucha gente siendo sacada de sus casas en plena madrugada. Los paramilitares llegaron cuando todos dormían el quinto sueño. Algunos creyeron que era una pesadilla colectiva, que alguien debía despertarse para que el horror acabara. Pero la pesadilla duró dos años. Los muertos se multiplicaron y Claudia no pudo salir del espanto. Fueron los años en los que aprendió a guardar silencio. Quizás por eso, en sano juicio, nunca le salían las palabras. Su alma quedó atrapada desde aquella noche en la que vio caer ese cuerpo a sus pies. Sus ojos estaban cansados. Nadie le podía enseñar ya nada. La mierda que había comido —como ella decía— le tocó tragarla a volquetadas. Y de eso no se regresa nunca más. El alma queda curtida y ajada. Solo el alcohol la desinhibía, y ese era el momento en el que, entre susurros, se le escapaban los horrores que cargaba.

Se fue sin despedirse. Nadie le agradeció su esfuerzo. Lo último que le dijeron fue que era una decepción porque no se sometió a las órdenes de otros. Y así, humillada, pudo volver al único lugar que soñaba: su natal, Salazar de las Palmas, para ver graduarse a su hija como bacterióloga. Los años en el Catatumbo, los años de sacrificio, los vio reflejados en la sonrisa de su hija.

A mí, lo único que me quedó de ella fue su historia.

*Araucaria de La Montaña es maestra en el Catatumbo y escribe sobre las historias de las mujeres docentes en esta región.

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