Allí estaba, tan grande y corpulento como José Arcadio Buendía y un dejo “cuyabro” que lo hacía parecer más a un paisa culebrero que a un profesor de Ética de un colegio distrital. Estaba rodeado de un grupo de niños de rostros inexpresivos y movimientos reposados y de decenas de miles de libros cubiertos por una gruesa manta de polvo gris por la falta de uso. “Esta es una moneda de veinte mil pesos conmemorativa del carriel antioqueño.” Tiene cuatro líneas concéntricas simbolizando la costura del carriel. Por una cara tiene grabado a un arriero paisa que mira las montañas y, por la otra, se inscribe la imagen del carriel —dijo visiblemente emocionado mientras sostenía entre sus dedos a la altura de sus ojos un pequeño estuche trasparente donde yacía la moneda.
Albeiro Amaya Ortiz, al que sus colegas del colegio Alfonso Reyes Echandía le dicen de manera jocosa Luis Alberto Posada por su parecido físico con este cantante de música popular, es un numismático y filatélico apasionando. Artes que lo atraparon para siempre un buen día de 1979, cuando su profesor de Geografía, Álvaro Albis, un costeño alto y corpulento, empezó a llevar a sus clases las monedas y billetes de los países que apuntaba con sus largos dedos sobre un mapa desgastado por el tiempo. En él creció desde entonces una pasión indómita que se fue acrecentando con los años, así como el deseo de visitar y conocer los países que su maestro le insinuaba con el dedo y con las historias y anécdotas que encerraba cada moneda, cada billete, cada estampilla.
Emulando a su maestro de Geografía de Sexto Grado del Instituto Tebaida en el departamento del Quindío, una mañana sacó de su bolsillo una moneda grabada con Lionel Messi y otra con la imagen de Cristiano Ronaldo y logró cooptar la atención dispersa de sus estudiantes que se resistían a prestarle atención. Fue así como no tuvo la necesidad por primera vez en su vida de venderle a un bogotano su propia Plaza de Bolívar, y fundó el primer club escolar de numismática y filatelia, del cual se tenga noticias en el país.
“Tengo 42 monedas y la que más me gusta de todas es la de 20 Shillings de Kenia de 1998” ─dice Nicolás con mirada perdida en el tiempo. Su padre también es coleccionista. Además, cuenta que un día él le regaló un billete de colección y emocionado se fue a comprar dulces a la tienda del barrio y fue el hazmerreír del tendero. Más tarde, en casa, su padre le contó la historia que encerraba el billete. “Mi gusto por la colección de monedas y billetes se lo heredé a mi abuelo, quien antes de morir me regaló algunos billetes y monedas de su colección personal” ─dice Harold, otro niño de Octavo Grado que lee el mundo con unos enormes lentes de montura negra, gruesa. La pasión de Harold por las monedas y billetes antiguos ha logrado crear una profunda relación familiar que involucra a sus padres y, entre todos, se lanzan como sabuesos numismáticos a la búsqueda de sus tesoros. Con el tiempo, el pequeño Harold ha logrado atesorar 206 monedas de 36 países. “Tengo una moneda de la URSS y otras conmemorativas a Policarpa Salavarrieta, al Bicentenario de la Independencia, de la visita del Papa Juan Pablo II. Pero la que más me gusta es la del Alunizaje del Apolo 11” ─agrega sin expresar un gesto en su rostro.
Ha sido una experiencia vital para el profe Albeiro Amaya, pues no solo comparte con sus estudiantes el gusto por la búsqueda de universos desconocidos, sino que también le ha servido para trabar en el aula otro tipo de relaciones interpersonales que le dan un sentido distinto al “Ethos” cotidiano. Juan David, un chico de Décimo Grado, relata que su gusto por las monedas empezó hace tres años cuando alguien le regaló un Sol peruano y agrega que: “De las 36 monedas que forman parte de mi colección, la que más me gusta es una de 10 centavos de 1961, con el relieve del Indio Calarcá”. Cuando se le pregunta por la pasión que vive con cada moneda nueva, dice que cada una de ellas es como un pedacito de la historia humana. “Me gusta mucho conocer sobre el pasado” ─añade con voz suave mientras escanea una moneda a través de la aplicación Coin Identifier Scanner, una aplicación que tiene en su celular.
Compartir un rato con los integrantes del club de numismática y filatelia del Colegio Alfonso Reyes Echandía es toda una aventura, pues cada novedad los transforma, cruzan las aduanas del tiempo y se convierten en niños traviesos luego de recibir su juguete en Nochebuena. “Mi colección no tiene precio: Tengo monedas de 150 países, 40 monedas conmemorativas y más de cien billetes de distintas nominaciones de diferentes lugares” ─dice con dejo paisa. Albeiro Amaya atesora en sus álbumes un billete de 10 centavos que no alcanza los diez centímetros de longitud de 1888, monitas del mundial de Argentina de 1978, tapas de gaseosas, pero sin duda “lo que más me gusta es trabajar en el aula, enseñarles a los niños lo poquito que he aprendido en la vida. Esa es mi verdadera pasión, un amor sin interés que heredé de mi padre y que luego lo cultivé en mi hija Daniela, quien se prepara para ingresar al Magisterio bogotano en las próximas horas. Soy feliz por ser hijo de un maestro y padre de una maestra” ─dice con ojos brillantes y voz quebrada.
Llevas años, sin éxito, detrás de una “Macuquina”, una moneda rústica que se usaba en las Américas para la compra de esclavos, y de una “Coscoja”, otra de cincuenta centavos acuñada en 1902 con los casquillos de las balas que se usaron en la Guerra Civil de los Mil días. “Se imagina hacer unas clases sobre la esclavitud y de esa guerra civil… Uff” ─se interroga y se hunde en sus recuerdos. Tal vez, por eso, le trajo un pequeño cofre de madera para que María Camila, una estudiante de Noveno Grado, guardara las monedas que su madre recibe como recuerdos de sus patrones después de regresar de sus largos viajes por el mundo. María Camila es una niña tímida. “En 1984, en el libro de Orwell que estoy leyendo, encuentro una relación entre mi gusto por las monedas antiguas y la manipulación que logran en las personas para que estas paguen más dinero» ─dice sin pestañear.
Ni Albeiro Amaya, ni ninguno de los integrantes del club fueron conscientes que, además de compartir su gusto y pasión por la numismática y la filatelia, tenían en común un extraordinario funcionamiento cerebral que los hace aprender y comprender el mundo y de comportarse en la vida de una manera distinta. Solo cayeron en la cuenta cuando Tatiana Lugo, una de maestra de la institución, les hizo ver que entre todos había una característica particular: algunos habían sido diagnosticados con autismo, uno con trastorno por déficit de atención con hiperactividad y otro, con trastornos del aprendizaje. La neurodivergencia no constituye ninguna enfermedad, sino una forma diversa de la mente humana.
Después de escuchar hablar por largas horas a los numismáticos, no es difícil recordar el poema de Borges “La moneda de hierro”. En este, Borges manifiesta que la moneda no es otra cosa que un símbolo que recrea la relación entre el tiempo y el ser humano. Un trato distinto que va más allá de las dos contrarias caras de la moneda y hace aparecer una relación entre el hombre y Dios, una relación de responsabilidad con el Otro, con el absolutamente Otro. Es decir, hace aparecer la ética de la alteridad.
Les hemos sugerido a los integrantes del club de numismática y filatelia del Colegio Alfonso Reyes Echandía, leer el poema “La moneda de hierro”, tal vez, sus neurodivergencias nos ayuden a todos a entender de otra manera lo que quiso decir Borges, cuando escribe:
La tarde y la mañana. Dios en cada criatura.
En ese laberinto puro está tu reflejo.
Arrojemos de nuevo la moneda de hierro
que es también un espejo magnífico. Su reverso
es nadie y nada, y sombra y ceguera. Eso eres.
