Por: La Mochila, revista educativa
El frío era glacial. Apenas si caía la noche en el barrio Naranjos de la localidad de Bosa cuando inició el estruendo. Los vidrios de las ventanas del segundo piso que daban a la calle vibraban con cada golpe sobre los cueros templados, mientras que algunos vecinos se asomaban con ojos curiosos desde los apartamentos situados al otro costado de la calle.
“Cundé, cundé, cundé, cundé, cundé, cundero”, cantaba Luz Marina Cuello al tiempo que bailaba moviendo sus caderas y giraba sobre su propio eje abriendo sus brazos. “Con qué la remendaré, con qué la remendaré. Qué con majagua colorá, qué con majagua colorá”, la acompañaba Óscar Gálvez sacudiendo dos grandes maracas. Sus voces se fundieron en un unísono folclórico, agradable, armonioso, y sus cuerpos, así como los del resto del grupo, se movían de manera agradable con cierta cadencia Caribe. “Esa vaina, ahí quedó”, dijo emocionada. Todos aplaudieron. No era para menos. Habían logrado afinar los detalles y la canción de «La Niña Emilia» estaba lista para la próxima presentación.
El apartamento era todo el segundo piso de una enorme casona, ocasionalmente convertido en el “ensayadero” de Palo de Tambora, un grupo de percusión que interpreta ritmos folclóricos de la Costa Caribe, desde el año 2009. Surgido por aquel entonces en la naciente Institución Educativa Distrital Alfonso Reyes Echandía y, desde la iniciativa de algunos niños que traían en su sangre la herencia de Changó y el “tiu-tiu” de las gaitas de los pueblos originarios. Entonces, los profesores Óscar Gálvez y Luz Marina Cuello iniciaron un proceso de investigación que terminaría por llevar a la pila bautismal la agrupación.
La mesa de comedor, de color caoba, y sus seis sillas, estaban arrumadas en una de las paredes. En el centro había una canastilla de frutas (manzanas, peras, bananos), unas maracas grandes, partituras y las letras de las canciones: llegaron las pilanderas, Puya loca, Quien lo pila, no lo come, corre despacio, el camisón. “Ay donde está ese hilo, güepajé”, volvió a cantar Luz Marina moviendo sus caderas. “Pa’ ensártalo en la aguja”, acompañó Óscar. Sentados en unos muebles cafés profundamente oscuros, dispuestos en forma de L., estaba sentada Angie Patiño, la más nueva en el grupo, tocando un redoble con el llamador y, por momento, miraba al profe Óscar, quien le hacía algunos gestos rítmicos, mientras sacudía las maracas: Shak-shak, shak-shak. Al lado de ella, yacía Alexander Rodríguez, exalumno y cofundador del grupo, tocando el tambor alegre, quien seguía con sus dedos el ritmo de la canción: Dum-dum-dum. Por último, Johan Ramírez, con bigotico negro que iba de extremo a extremo de su boca y una barba negra muy tupida debajo de su maxilar, también exalumno y cofundador, golpeaba la tambora alegre: Rat-a-tat, rat-a-tat-tat. Tiempo después, Luz Marina dijo: “Esa vaina, ahí quedó”.
Palo de tambora nació en las aulas del colegio, pero con los años se ha convertido en el mejor de los pretextos para que sus integrantes se vuelvan a encontrar entre ritmos, tamboras, maracas, palos y gaitas. Sus integrantes viven y sienten los ritmos del Caribe. Al preguntar por qué un grupo de percusión, Angie no duda en decir que “la música es el lenguaje de la memoria de aquellos que han dejado el Caribe atrás”. En últimas, Palo de tambora es una cofradía que teje sonidos, ritmos y recuerdos alrededor de la memoria folclórica de sus integrantes.
Luz Marina irrumpió con su voz, traída consigo desde los Montes de María:
“En enero Joche se cogió
En enero Joche se cogió
un mochuelo en las montañas de María,
y me lo regaló, no más,
para la novia mía”
